Cada conflicto de los últimos años a nivel mundial constituye un movimiento de las potencias en preparación para una confrontación global directa. Los trabajadores y los pueblos de América debemos recordar que “el verdadero carácter de clase de una guerra no se encuentra en la historia diplomática de la misma, sino en el análisis de la situación objetiva de las clases dirigentes en todas las potencias beligerantes” (V.I. Lenin, El Imperiaslismo, fase superior del capitalismo).
1. El carácter de clase de las guerras imperialistas
En todos los países, las burguesías nacionales han arremetido contra los trabajadores para incrementar la explotación y, por tanto, la extracción de plusvalía. En las grandes potencias, los grandes trusts industriales y los grandes bancos han generado una gigantesca acumulación de capital y, consecuentemente, enormes excedentes que son exportados hacia otros países.
De ahí que los trabajadores comprendamos que el capital no tiene patria y que, en su fase imperialista, se moviliza e instala en los territorios y sectores económicos donde existen mayores tasas de ganancia. Esto produce tres efectos: (i) obliga a la potencia de origen a desarrollar poder militar; (ii) impulsa el desarrollo capitalista en las zonas donde se instala; y, contradictoriamente, (iii) estanca el desarrollo en los países que exportan capital.
2. La desindustrialización de Estados Unidos y el dominio del capital financiero
La situación de Estados Unidos no escapa a esta realidad. Mientras en 1965 el 28 % de las máquinas herramienta del mundo —máquinas para producir máquinas— se producían en ese país, para 2021 ese porcentaje cayó al 9 %. En la otra orilla, en 2021 China concentró el 31 % de esa producción mundial.
No es de extrañarse, entonces, que, a pesar de que aún no existe un conflicto militar con intervención directa de China, los norteamericanos vean a esa potencia como “el verdadero enemigo”.
Los intelectuales de la burguesía, incapaces de comprender este fenómeno económico, proclamaron que esto era solo una muestra de que Estados Unidos se había convertido en una “sociedad postindustrial” o “postcapitalista”, y engendraron teorías como la de “la sociedad del conocimiento”. Es decir, no advirtieron el debilitamiento industrial, sino que creyeron ver una fase superior de desarrollo. Pero el capitalismo no puede vivir de las ilusiones del idealismo burgués.
Lo que estos ideólogos ocultan es que Estados Unidos se desindustrializó porque el capital financiero —la forma más parasitaria del capital— terminó subordinando al capital industrial. Hoy, la economía estadounidense no descansa sobre su industria, sino sobre la especulación financiera, la emisión de deuda y el control de los mecanismos monetarios globales.
El dominio de Estados Unidos ya no se sostiene principalmente en su producción manufacturera, sino en su capacidad de imponer el dólar como moneda fiat mundial; es decir, una moneda sin respaldo en valor real, cuya hegemonía permite al gran capital financiero norteamericano extraer plusvalía a escala global mediante la emisión inorgánica, el endeudamiento perpetuo y la transferencia de valor desde las economías periféricas.
3. La contradicción central del imperialismo estadounidense
La contradicción es la siguiente: por un lado, el capital necesita el poder militar para mantener su presencia en los territorios donde se instala; por otro, al trasladarse hacia otros países, debilita su industria nacional, incluida aquella que alimenta su propio poderío militar.
Entonces, la clase dirigente norteamericana se ve en la necesidad de revertir esta tendencia y recuperar las industrias que salieron de su territorio. Para ello, impulsa una guerra comercial, utiliza la presión económica, la coerción política y la amenaza militar sobre los países más débiles.
Lógicamente, en esta intención choca con los capitales de otras potencias que también han extendido su influencia para colocar capital en todos los rincones del globo. Por ello, todas las potencias han incrementado el ritmo de su preparación militar, avizorando una confrontación abierta.
La guerra en Ucrania, los conflictos en África, la agresión contra Irán, entre otros, son expresiones del movimiento de las potencias por asegurar posiciones estratégicas y recursos, como antesala de una confrontación de mayor escala.
4. El petróleo, el dólar y el control imperialista sobre América Latina
América Latina no escapa a esta realidad. El bombardeo contra Venezuela demostró no tener como objetivo principal derrocar a un régimen, sino asegurar que la compra de petróleo se realice en dólares y garantizar el flujo de crudo hacia Estados Unidos.
La hegemonía del dólar como moneda fiat —sin valor intrínseco— solo puede sostenerse mientras el petróleo y las principales materias primas se transen en esa divisa. Por eso, cualquier intento de romper este esquema es respondido con la fuerza del imperialismo.
La coerción se ejerce sobre Panamá para controlar el tráfico de buques a través del Canal. Argentina y Ecuador son sometidos a “acuerdos de inversión” que entregan el control del petróleo a empresas de capital norteamericano. En el propio Ecuador, incluso, se intentó sin éxito permitir la instalación de bases militares extranjeras mediante consulta popular; sin embargo, es públicamente conocida la actividad militar estadounidense en suelo ecuatoriano.
En este contexto, los trabajadores de América Latina debemos exigir la expulsión de toda base militar extranjera en nuestros territorios, incluidas las bases de la OTAN instaladas en las Islas Malvinas, que constituyen una expresión concreta del control imperialista sobre nuestra región.
Hoy, Cuba vive un recrudecimiento del asedio y bloqueo, y es amenazada constantemente con una invasión militar por su ubicación geográfica y su resistencia histórica, que siempre será vista como “un mal ejemplo” para los pueblos de América.
5. La posición de los trabajadores: neutralidad, paz y lucha antimperialista
Comprendida la situación, los trabajadores debemos tomar una posición clara y luchar en nuestros países para no ser arrastrados al conflicto.
Las banderas de la neutralidad y la paz deben ser levantadas en toda América Latina. Nuestra lucha debe orientarse a evitar que la burguesía que gobierna nuestros países tome partido por cualquiera de los bandos imperialistas.
Debemos oponernos a la invasión, al bloqueo, a la coerción y al entreguismo. Debemos rechazar tanto a los serviles corifeos del capital estadounidense como a quienes se subordinan a otras potencias emergentes, arrodillándose ante el capital de los BRICS.
Nuestra solidaridad está con los pueblos, y en particular con los pueblos de Venezuela, Cuba, Irán, Palestina, África, así como con el pueblo de Ucrania, incluido el de la región del Donbass, y con los pueblos del mundo entero que sufren las consecuencias de la guerra imperialista.
Nunca debemos olvidar que, en las guerras imperialistas, no son los burgueses quienes pelean para defender sus intereses, sino los hijos del proletariado quienes entregan sus vidas para garantizar la reproducción del capital.